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martes, 18 de noviembre de 2014

eat, not eat, eat

Yo nunca quise ser flaca. Al contrario, siempre quise engordar. Toda mi vida quise engordar, ser normal. Cada vez que adelgazo la gente me empieza a decir que estoy muy flaca, que ya pare, que parezco enferma, y mas cosas.

Nunca necesité comer. Siempre me pareció que la comida era asquerosa. La grasa del jamón, la concha del pan, la blanca del huevo, la carne, el pellejo del pollo. Todo. Todo asqueroso.

Mi infancia transcurrió en una pelea constante por comer. Por poder comer. Por no quedarme toda la tarde sentada a la mesa con la comida asquerosa y fria. Por hacer felices a los demás.

La verdad es que yo sólo soy feliz cuando logro estar en paz y dejar de comer. Cuando logro dejar de pretender complacer a los demás y ser buena. Ser delgada no es mi objetivo, para nada. No entiendo a la gente que tiene objetivos. Cuando dejo de comer, no me peso. No entiendo a la gente que se la pasa pesándose. Yo sólo quiero que dejen de presionarme para comer.

Para mi, dejar de comer es entrar en la paz, en el control, en la fuerza. Es muy loco, pero a mi dejar de comer, me energiza. Sobre todo me energiza mentalmente, que es lo que mas me gusta.

En mis años de adolescencia la anorexia no estaba de moda, La bulimia tampoco. Ninguna de esas cosas tenía ese glamour que tienen ahora. En mis años a uno le diagnosticaban desnutrición o anemia. Uno era una malcriada que no sabía comer, y había que comer para complacer a los demás.

Hoy en día la gente deja de comer para enfermarse. Para entrar en el club de las niñas cool que tienen una enfermedad mental. No se imaginan lo que es querer superar la barrera de los 16 kilos y no poder, de los 35 kilos y no poder, de los 41 kilos y no poder.

En verdad el enfrentarse a un plato de comida cuando uno no sabe comer, es bien desesperante. Las instituciones que tratan a los enfermos de trastornos alimenticios intentan curar a los pacientes casi tan sólo del punto de vista de la conducta y no de las causas que produjeron el problema. En mi opinión debería ser al revés, a menos que el paciente corra el riesgo de morirse.

Por supuesto que cuando uno es niño y adolescente e incluso entrado en la juventud, ni se entera de que los comportamientos de uno tengan una causa. Es la maravilla del cerebro, que se adapata a todo y todo es capaz de colocarlo en el renglón de lo normal. Uno se cree bien original y único y resulta que uno es de librito.

La realidad, es que cuando un paciente sólo conoce la carencia emocional, el cuerpo (o sea la mente) lo traduce como una necesidad de vivir en la carencia. Es decir, el cuerpo se refleja en la mente y viceversa. La mente se refleja en el cuerpo. Si carezco de nutrición emocional, he de carecer necesariamente de nutrición real. He de ser fuerte y no necesitar nada.

Una persona que ha superado un trastorno alimenticio, sigue teniendo todos los tickets para recaer. Porque las emociones y las carencias se instalan en las dendritas y en las neuronas desde muy temprano en la niñez. Quitarse esas cicatrices es casi imposible.

Solo se puede vivir como un alcohólico rehabilitado. Un día a la vez. Una comida a la vez.


2 comentarios:

Casandra Samaniego dijo...

Me gusta mucho tu blog y considero que la ultima parte de esta entrada es totalmente cierta , aunque se este superado siempre sera una lucha diaria y eso es la verdadera enfermedad .
Soy adolescente pero a pesar de serlo es una tontería que se quieran enfermar nada mas por querer ser cool , es algo absurdo e idiota y eso me estresa . Sigue escribiendo que es muy bueno leerte (:

Adriana dijo...

Mil Gracias Casandra por pasar a visitarme :)